Ciclo Marzo Fatal Javier Punga y los Chicos Bien
Después de un extenso tiempo se volvieron a abrir las puertas del centro cultural Islas Malvinas para reproducir ciclos de rock librados del derecho a espectáculo.
A cielo abierto, el escenario piramidal estaba envuelto por tenues luces anaranjadas. Atrás, casi cien personas variadas en familias, niños inquietos, adolescentes y jóvenes en busca de la diversión perdida.
Cerca de las once de la noche, los Chicos Bien junto a Javier Punga prendieron los amplis, se acomodaron los instrumentos y empezaron a mostrar lo que tenían para dar: las canciones de su último disco “Manzanas Deliciosas” más otras que punga trae consigo desde hace ocho años. “Todo brilla cuando es con vos”, melodiaba Punga moviendo la cintura; a su izquierda, lo mas parecido que vi al iguana Iggy en vida, rellenaba la balada con una precisa ida y venida en el mástil del bajo Fender 70s color madera.
Del otro lado, los que estaban sumergidos casi en la oscuridad misma, no por las cálidas canciones amalgamadas en baladas pegadizas, sino porque en todo concierto las luces se centran en los protagonistas, o sea los músicos, acompañaban moviendo las cabezas como hipnotizados por el regular sonido que salía de los parlantes.
Al finalizar la quinta pieza se produce el intervalo improvisto de todos los shows. El parate sirve para que los Chicos Bien enciendan esos cigarrillos que se queman como una mecha de TNT y para refrescar sus gargantas secas con gaseosas, ya que las bebidas alcohólicas están prohibidas en esta clase de espectáculos. Mientras tanto, en el centro de la mini pirámide, Punga se dedicaba a ajustar su guitarra haciendo sonar las cuerdas al aire.
Cuando todo estaba en orden Punga dijo “hagan lo que sientan” y así arrancó el segundo set un poco más rockero que el anterior plasmado en canciones veloces, rasguidos crudos, bombos marcados y letras irónicas como nena stone. Todos se divertían, la falsa iguana con gafas de sol posaba para el primer plano de una cámara registradora, las caras con sonrisas de la gente subían y bajaban marcando el golpe del batero que se lucía adecuadamente y Punga que repetía el estribillo “¡empastillada, nena stone!” mientras cuatro infantes sentados en primera fila miraban a su alrededor medio desconcertados pero felices.
Al terminar cuatro temas sin descanso entre medio, Javier le da la bienvenida a los presentes y después anuncia que cuando terminen las canciones de “Manzanas Deliciosas” vendrán los hits! Hay algunos cumplidos y una voz desafiante que proviene de uno de los laterales del patio pide cocaína, tocá “cocaína”; ante la valiente demanda algunos se sueltan y también nombran canciones a incluir en el repertorio.
La última parte del concierto, fue quizás la más cálida de todas, retratada por canciones generadoras de bellos climas que explotaban y nacían placidamente. La gente se animó a acompañar las canciones con algunas palmas y cuando parecía que terminaba, el bombo empezó a marcar el ritmo de “chica cheta”, mientras el bajista primero agitaba palmas y después se acercaba a pedirme fuego, a la vez, Punga se pegaba al micrófono y le daba duro a guitarra. El público que chocaba sus manos parecía estar en la misma sintonía. Siguieron casi diez minutos más y bajo muchos aplausos finalizaron la última pieza; saludaron reverentemente a los conformes con lo presenciado y así terminó la estrellada noche del viernes en donde Javier Punga supo demostrar con 16 canciones como el anti folk se puede transformar en cancheras baladas garageras y recomendables.
Marcos Abelleira
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