Miro y su fabulosa orquesta de juguete en Ciudad Vieja
Canciones que algunos escuchamos

Noche especialmente neblinosa en la ciudad. Un jueves iniciador de julio, la noche más larga del año o la más fría o una de esas. Vamos para los límites del cuadrado, para el barrio Meridiano V, donde va a tocar Miro en Ciudad Vieja, desafiando a aquel con ganas de quedarse mirando tele en su casa. Hace frío, es cierto, y la niebla, y es jueves, que por más que querramos no es del todo fin de semana, pero vamos igual, porque la onda es ir siempre: sí, quiero, en todos los casos probar, enseñanza que recibimos en la adolescencia noventera.

Después de que toquen los 107 faunos, recital que merece una nota aparte, sale Miro, ataviado con un saco de teciopelo negro y unos zapatos de cuero medio puntudos. Pienso en seguida en George Costanza, en su constante deseo de “si fuese socialmente aceptado, vestiría de terciopelo”. Pero lejos de los prejuicios de este pequeño antihéroe, Miro se erige en escena más cercano al Dylan de la Rolling Thunder Revue que al compinche de Seinfeld; descontracturado y algo glam, con una copa de vino que arrastró desde atrás del escenario.

La banda que lo acompaña no parece ser una orquesta de juguete. No hay monos que toquen chin-chines tipo Toy Story, elefantitos a cuerda con redoblantes miniatura o metalofones de colores sobre una estructura plástica. El baterista tampoco usa Hit Stix. Repito, no usa Hit Stix.
Por el contrario, se muestra sólida, aunque no rígida. Un marco ideal para que Miro pueda explayar sus canciones, algo que no todos los solistas encuentran a veces: porque se trata de canciones personales, con letras intimistas, y es difícil presentarlas en pandilla. No obstante lo logran. Los temas recuerdan a Wilco, al Salmón, a Dylan también, claro.

Tocaron los temas de su nuevo disco, Canciones que nadie escucha (2010), y muchos otros de sus discos anteriores. El clima era agradable, contrastando con la cruel niebla de afuera. Miro hablaba con soltura a su público, que le respondía con la misma calidez. Se notaba en ese relajo los años de experiencia escénica, mezclados con estudios y labores periodísticas (¡saca el comunicador social que hay en vos!). Un recital que nunca encontró baches, ya que lo musical se veía sostenido a su vez por parlamentos de muy fina estampa que recordaban la meridiana lucidez del mejor Pángaro.

Un show extenso, ante la receptividad del público que pedía más: nadie quería irse de ahí, intentando prolongar esta nueva cofradía, que encontraba en el candor musical el mejor escape para una noche fría de jueves.


www.myspace.com/miroysuorquestadejuguete


Laura Suárez