En alguna primavera, un pequeño grupo de asnales leñadores, exhaustos de la rutina diaria, decidieron bajar de las altas montañas. Sumamente equipados cuando acampaban pico abajo, envueltos en la oscuridad, tomaban sus guitarras de plomo y entre cervezas negras y salchichas al fuego componían canciones tan ágiles y rápidas como las aves de rapiña.
Las noches pasaban fugazmente mientras las melodías como ráfagas parecían iluminar la oscuridad de los bosques para siempre. Cuando el sol empezó a quemar de verdad durante casi todo el día, notaron que en el horizonte los esperaba el mar, la arena y la civilización urbana.
Al llegar a la ciudad tomaron una decisión drástica y letal que cambiaría sus vidas para siempre: canjear mano a mano todas sus pertenencias por instrumentos berretas para emprender un nuevo camino incierto. Esa noche, sin nada más que escasos cuerpos de batería, dos guitarras y un bajo, durmieron en la calle.
Más tarde se les presentó la oportunidad de mostrarse en vivo en un parador. La suerte estaba echada y no había vuelta atrás. Al caer los últimos rayos de luz habían abatido a todo aquel que se encontraba cerca de los parlantes.
Semanas después aún quedaban secuelas del torbellino. Algunos decían que en sus oídos todavía latía el sonido de las motosierras.