107 Faunos – El tesoro que nadie quiere (Laptra Discos– 2011)
Minuto-fauno en el aire
Un tesoro que nadie quiere es una cosa imposible. Si es tesoro es porque todos lo quieren, y si nadie lo quiere es porque no es un tesoro. Tesoro supuestamente es una cosa que quieren y persiguen todos, eso lo sabe cualquiera que haya visto películas, desde Los Goonies hasta las de Indiana Jones. Por eso inventar un nombre como El tesoro que nadie quiere es trastornar el mundo levemente: es borrar los dos bandos, el de los buenos que lo persiguen y el de los amigos del mal que no los dejan llegar; es esconder el mapa (ya saben, la 52, la 56, el río y las terrazas) y anular las pistas para dejar al tesoro solo, intacto, rodeado de silencio como en un planeta que nadie conoce. No es difícil imaginar, y creo que ésa va a ser la experiencia de todos los que descarguen el nuevo EP de los Faunos en agosto, que darle play es abrir ese regalo que no quiere nadie más que yo para escucharlo en soledad, pero que dentro de poco ese yo se va a volver un nosotros en el ritual colectivo de cantar ese himno del presente que es “Modelos de prueba” como antes cantamos “Movimiento de las montañas” y saltar con “Lobo mío” como antes con “Muchacho lobo”.
El tesoro que nadie quiere es el primer disco de los Faunos que tiene una foto en la tapa y no un dibujo, y en esa foto hay arbustos: un poco de verde para calmar los ojos. Menos color, menos imágenes y un grado de abstracción más alto es lo que suena en el disco, un disco más de la mente que de la vista, que piensa más con sonidos y palabras y menos con imágenes. Parece un disco para escuchar solos porque tiene como corazón a dos canciones verdes, serenas, reflexivas, que son “La luz de las antenas” y “Panchito en Hawaii”. La primera prepara el grito del deseo vuelto abstracto (quiero todo) sobre un colchón de sonidos que parecen un cielo cargado de luces super suaves; la segunda es una canción delicada como una perla (milagrosos objetos que crecen alrededor de algo que molesta), con la voz grave de Mora acompañada sólo con guitarra al principio como la almohada que hacía falta para apoyar la cabeza. Y se suma después la voz del Gato que trata de aprender a ser leve sobre el tono de nena más madura de Mora, y no pudiendo no maullar un poco.
Como si se volviera un lema ese tendré que ser más leve de “Panchito en Hawaii” modulado por un chico y una chica, la mayoría de las canciones se tratan sobre huir o convertirse en otra cosa, que es lo mismo. “Con y contra” va marcando el recorrido por espacios abstractos, mentales, donde hay camino pero no paisaje, surfeando sobre melodías sintéticas sin saber hacia dónde pero entendiendo que lo que importa acá es el movimiento. Y eso se continúa en la casi motorizada “Boxeador mejicano”, que se prepara para subir al ring, y no para hasta las calles desiertas de “Cachorros lumínicos” donde un viaje de videojuegos a go go tiene lugar mientras –otra vez la levedad– cae la nieve. Tres viajes al hilo con un solo impulso sobre una autopista que arma la batería, enmarcados por dos baladas suaves, son el centro de un disco que se escucha como montaña rusa de contrastes que oscilan de ser lobo a ser leve. Pero ojo porque esa tensión entre la fuerza y otra cosa mucho más inasible es re consciente en El tesoro, que empieza con esta advertencia: Parece que no dice nada/ pero está mostrando los dientes (así arranca “El tigre de las facultades”), y termina preguntándose en “Modelos de prueba”, en una esquina donde Calamaro se choca con un coro de Parchís, si somos una mosca, un sueño o solamente un Bart Simpson mal dibujado para celebrar con maracas que, cualquiera sea la respuesta, no estamos solos si podemos cantarlo.
A veces parece que se quiere medir la evolución de las bandas como los padres de esos “tontos que te llevan cuatro horas de sueño más” (Modelos de prueba) miden el crecimiento de los hijos (“tenés el título”, “ya te compraste el auto”): esos criterios no sirven para los Faunos. O mejor: no sirven para nadie, dejémoslos de lado. Los Faunos inventaron un mundo y por ahora se dedican a habitarlo, a recorrerlo casi en círculos. Un universo en expansión milimétrica, pequeñas variaciones, pequeños cambios: la primera canción con la voz de una chica, la primera letra escrita por una chica (“Modelos de prueba”, co-firmada por Antonela Ferrari Milano), las baladas más tenues. Pero lo que se mantiene es el esencial despelote que la banda lleva como bandera. Hace un año, cuando reseñó Creo que te amo, Agustín Masaedo hablaba de esas canciones como miniaturas. Ahora y frente al tercer disco hay que empezar a hablar de una medida de tiempo particular que es el minuto-fauno, unidad casi punk en la que la ansiedad se convierte en energía. Acá, comprimida en el arrebato futbolero y urgente de “Lobo mío” que describe a la perfección lo que pasa en los minutos-fauno cuando dice no entro en el cuerpo. Si no entrás en el cuerpo es porque adentro tenés demasiado y si tenés demasiado te vas a desbordar: en ese punto, desprolijidad y sinceridad coinciden hasta fundirse en una misma cosa.
Había una vez un cuento donde una chica se caía por la madriguera de un conejo, en ese cuento alguien decía “a veces creo en seis cosas imposibles antes del desayuno”. Y por imposibles quería decir contradictorias, nada lógicas, fantásticas en un sentido divertido pero a veces también aterrador. Yo flasheo que detrás de ese arbusto de la tapa de El tesoro puede haber una madriguera, porque entrar en el disco es chocarse con cosas imposibles que acá no son seis como en el cuento sino ocho. De verdad, ¿dónde estaba previsto que una banda dijera las cosas que nos pasan con tanta precisión, y hasta mejor de lo que podíamos pensarlas? Hay que creer en una banda así: el año pasado era creer en Creo que te amo (¿estoy seguro o es que lo estoy dudando, qué quería decir ese “creo”?) y este año es creer con todo el cuerpo, de tigre, de lobo, de boxeador o de cachorro, que algo que nadie quiere puede ser un tesoro.
107 Faunos
El tigre de las facultades / El tesoro que nadie quiere