107 Faunos - Creo que te amo, 2010 (Laptra Discos)
Principio de incertidumbre / Soñar, soñar. Como el halcón maltés, la segunda aventura discográfica de los 107 Faunos está fabricada con el material de que están hechos los sueños. Una sustancia imprecisa e indefinible, pero de naturaleza definitivamente onírica, se filtra entre los pliegues y recovecos de las trece miniaturas (la canción más larga tiene 2:51 minutos; más de la mitad duran menos de dos minutos) que dan forma a Creo que te amo. Esa incertidumbre surreal da nombre a una de las canciones más suaves y conmovedoras del disco, un tour de force para Gato y guitarra –y la voz de Mora acompañando etérea, una práctica que merece ser hábito– que debería ser un ladrillazo en la cara, y no de los de Krazy Kat, para los muchos que, bien o mal, cacarean acerca de la desafinación en una de las mitades cantantes de los Faunos. Como si la destreza para acertar más o menos efectivamente a una nota tuviera algo que ver con la verdad, la belleza, la emoción que provocan, o tan siquiera con el rock.
Imágenes de amor / Viajar lejos. Los matices y las texturas de las canciones fauniles no vienen solamente de las voces de Gato y Miguens, ni de la música o los ruidos y ruiditos que aparecen como duendes por aquí y por allá; tampoco, esta vez, de la producción ultrasónica de Peta de los Go Neko! O sea: vienen de la unión de todo eso, sí, pero, primero, de la potencia evocativa que alcanzan los 107 cuando componen. La lírica de Creo que te amo es mucho menos urbana que la del primer disco: sin el hiperboloide de la destilería tapando el horizonte, las inspiradísimas “El imán de lo nuevo”, “La gloria secreta” o “Noche spooky tropical” fabrican su atmósfera con los cielos despejados de las afueras y encuentran una forma de la pureza en los buenos aires de campos y playas. Para cuando llega la apoteosis heroica de “Movimiento de las montañas” –una canción hípercompleja en la que todo suena milagrosamente armónico, y que proporciona una clave sencilla del espíritu faunil: aunque las cosas como están no nos gusten, aunque parezca imposible cambiarlas, hay algo en nuestras almas que nos hace intentar y seguir–, para ese clímax de guitarras y teclados soñadores, voces y coros justamente divinos, guitarra y bajo repicantes, digo, la avalancha de imágenes ya es cinematográfica e indetenible. El alero de los Bulls Scottie Pippen, dunas móviles, caballos enanos, pechos pardos, petardos con las mechas entrelazadas y hasta una finta calypso en el cielo (¡!) son apenas algunas de las figuras que va trazando, en las tundras de la mente, Creo que te amo. De salir a recorrer el Cuadrado al infinito y más allá: quinientos millones de estrellas nos acompañan en el viaje.
El orden dentro del caos / Todos somos cientosietes. Pero además de la bucólica, hay otras pulsiones en el disco, como las del hipnótico himno (¿himnótico?) “Pretemporada”, una canción pop burbujeante y perfecta que bien podría haber estado en la primera grabación de los 107 –aunque así se habría perdido el corito juguetón del todocampista Johnny B–; la adictiva oscuridad punkrockera de “Un montón de miedo”; la placidez afectuosa de esa maravilla llamada “Los amigos del Mal”, un regalo de Antolín que –voy a usar dos expresiones jamás empleadas, sepan disculpar– es un canto a la amistad y que describe, en clave de parábola, el sentimiento inexplicable de la comunión de las pandillas. O la de la rotunda declaración de principios que dice todo diciendo nada más que ser el mejor en lo peor, toda una misión cumplida: una obra gigante, y de la cual ya dieron cuenta en el sitio de MTV Brasil con insuperable adjetivación: “O hino fantástico, eufórico e devastador que ocupa a posição 3 no tracklist do disco, ‘El jefe de los malos’ é sônica, apaixonada e definitiva.”
Sería ocioso, quizás inoportuno y decididamente fuera de lugar tratar de explicar por qué algunos pensamos que Creo que te amo es el disco del año. (De hecho, ni siquiera pienso eso, sino que es el disco de muchos años, de los últimos que pasaron y de tantos más por venir.) Pero algo tiene que ver con la suerte de conocer a esta pandilla loca de lobos –y de locos por el Lobo–, multitudinaria y multitalentosa –y no sólo para la música–; con haberlos visto crear y tocar y pelearse y amigarse como si les fuera la vida en ello; con entender que hay un sistema en ese caos aparente de mutaciones, rotaciones y complicaciones, y que ese sistema funciona para ellos y sólo para ellos porque, parafraseando al protagonista de V for Vendetta, debajo de los Faunos hay más que carne: hay una idea, y las ideas son invencibles. Y con alegrarse porque el mundo sea un lugar más libre y más justo, como el que sueña la muchachita de la canción, cuando ganan los buenos.
Noche spooky tropical
107 Faunos / Creo que te amo