Perez (2010)

Nunca quise ir a Disney

A tres mil y algo de kilómetros de la ciudad de La Plata, con un poco de frío y un cielo totalmente gris, camino al Glaciar Le Martial. En mis auriculares: “Voy a quedarme en Babia. Esta vez voy a dormir. Voy a pedirte que me acompañes, esta vez va ser mejor…”
Mientas subo la primer senda empinada y entro al bosque siguiendo las rayas amarillas, pintadas cada diez metros en las lengas (árboles típicos de la zona), continúa: “No quiero saber cómo es, podemos escapar en moto, aunque se largue a llover”.
Nostalgia platense trasladada en las melodías de Perez, a mi gusto una de las bandas más bellas de la escena del rock indie de las diagonales. Un disco que contiene nueve canciones de alta gama, con una estética propia; coplas que se hacen reproducir una y otra vez, sin generar cansancio auditivo. Palabras claras de tonos graves, baterías con redobles simples, un bajo prolijísimo (si se permite el término) y guitarras por momentos viajeras y por otros tan explosivas y abrasivas como un bomba Nepal sobre territorio vietnamita.

Un disco exquisito, con imágenes muy nítidas en sus letras. Minimalismo llevado al máximo exponente musical, cuesta un poco correrme a un lado para hablar de los Perez. No los conozco, ni son mi amigos tampoco, pero cuando un sonido entra por el oído y llega al alma quiere decir que existe un conexión; algo que sólo los virtuosos pueden lograr. Y no asocio este término a ser una eminencia, cada uno en la ejecución de su instrumento o su voz, sino en lograr transmitir sentimientos y sensaciones: a eso me refiero cuando hablo de virtuosismo.

“Puedo aguantar un minuto sin respirar, hago canciones que no voy a tocar… y así pasan los días por aquí”.
Una guitarra que llena todo el ambiente, con diversos sonidos; por momentos algo así como los acordes de Jonny Greenwood. Por otros, se entremezclan las slide guitar de los Yo la tengo… algo así pero con la mística platense. Un viaje interestelar de acordes desde el fin del mundo hasta City Bell, lugar que hace las veces de búnker para la banda.

Hago una pausa y miro a mi alrededor. El camino finalmente desemboca en los bosques que bordean los cerros que conducen al Glaciar Le Martial. Estoy casi a 300 o 400 metros de altura, inmerso entre los árboles, conectado con la naturaleza. Silencio total, ni siquiera se escucha un pájaro, hace frío y no estoy muy abrigado. Vuelvo a colocar mis auriculares:
“No sé si es el calor, o son las flores. Me envuelve un rumor entre algodones. Y ahí estás”.

Sonidos que se clavan en el flácido suelo del bosque, notas que se suben a una hipérbola y descienden abruptamente en Ganas.
Vuelvo a levantar la mirada para saber dónde estoy: conexión natural, todo verde. Las lengas están por todas partes. Tienen un tronco fino y algo así como unos musgos sobre su base. De sus ramificaciones se desprenden pequeñas hojas color verde oscuro.
Durante la travesía, el disco de Perez se reprodujo unas cuatro veces, por otro largo tramo estuve con el sonido ambiente.

Los kilómetros entre La Plata y Ushuaia parecen acortarse, más con bandas como éstas que no dejan de reivindicar el amor y la dedicación por la música de carácter independiente.

Desde el fin del mundo se le desea una pronta recuperación a su frontman Ramiro Sagasti. Que lleguen todas las energías positivas para que sigan adelante con este proyecto novedoso, minimalista y bello.

www.myspace.com/perezparadise

Nicolás Schettino